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Insomnio
El techo, siempre el techo. El sonido de los grillos, hasta pareciera que se escuchan las patitas de las cucarachas rascando desde adentro el machimbre. El techo.
Un auto pasa e ilumina la habitación segmentadamente a través de la persiana. Sentirse lechuza vigilando movimientos inexistentes y el dar vueltas interminables e la cama los números luminosos que marcan la hora en rojo, el llamado que está por llegar.
Las sombras reflejadas, el sonido a gorjeos imperceptibles, lejanos.
Sin ser hora para ver televisión, con la vista cansada como para leer. El tercer vaso con leche tibia y miel apretando la vejiga, y el techo.
Ir al baño y sentir la luz quemando la retina que obliga a entrecerrar los párpados.
La pesadez del pensamiento, bostezar y volver a cambiar de posición, y reencontrarse con la hora frente a frente.
Mantener la sensación que el día ya llega y que no sea más que una ilusión. Saber que en el momento de entrar al sueño, el llamado. Y el techo, casi desafiante, invitando a descubrir nuevas formas en los nudos.
El leve zumbido del silencio en los oídos. Cerrar los ojos, sentir el deslizar lento. El comienzo de las formas en el negro, desligarse del insomnio acechante, y el llamado que la trae de vuelta.
Ponerse las pantuflas, el salto de cama e ir hasta la cuna para darle de comer.
Grupo Experimental de Letras “Dr. Jekyll”
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